Con todas sus imperfecciones, el programa ha sido un gran éxito a la hora de fomentar un autentico espíritu europeo basado no sólo en discursos políticos sino en la convivencia diaria entre estudiantes de los distintos países europeos. Esta primera gran aventura internacional para muchos de nosotros fue una ocasión excepcional para conocer otras maneras de ver el mundo, poner en perspectiva los propios valores, aprender otras lenguas, entender lo que es sentirse extranjero... Cuando hablo con otros antiguos alumnos del programa, un sentimiento común aflora: la experiencia Erasmus nos ha hecho probablemente mejores ciudadanos y mejores europeos.
Viviendo actualmente fuera de la Unión Europea, cuando alguien me pregunta por el espíritu europeo y qué representa, casi nunca pienso en burócratas y constituciones. Mis recuerdos van siempre a aquellos meses conviviendo e intercambiando con estudiantes franceses, italianos, alemanes, suecos y del resto de países europeos. En ese momento me siento tremendamente europeo.
¡Larga vida al programa Erasmus!
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