No suelo morder a nadie, no me gusta la violencia en la calle y el rollo sadomaso no me va en casa.
Pero reconozco que hay un tema por el que podría llegar a hacerlo (en general no paso de la fase dialéctica pero puedo llegar a la etapa física si el caso lo requiere). La “bicha” en cuestión es el tema de mis queridísimas eñes y amadísimos acentos. Cuando algún iluminado me dice que tendríamos que eliminarlos del idioma español (como me ocurrió recientemente) y alinear nuestro alfabeto con el del inglés, tendrían que sacar a Freud de la tumba para saber qué instinto básico despiertan en mi cerebro reptiliano. Probablemente tanatos.
Y si encima lo hacen mirándome con esa cara de bueno, ya se sabe, el español es un idioma de países subdesarrollados, puedo empezar a hacer elucubraciones acerca del padre o la madre del interesado o interesada (ahora que se lleva tanto lo de la paridad, yo no voy a ser menos). Lamentablemente no soy capaz de responder a tales comentarios con frases así muy melodramáticas del tipo “la patria de un hombre es su lengua”, sino con obscenidades llenas de eñes y acentos que no son propias de alguien que se supone que ha pasado por la universidad.
Aunque bien pensado, !qué coño! (con acento y eñe), mejor dejar al pollo (lamento no poder añadir el femenino de este término por ser procaz en alguna de sus acepciones) recrearse en su propia teoría de suprematismo lingüístico y que le den (sí, por ahí, sí). Ya tiene bastante el sujeto o sujeta en cuestión con aguantarse cada día. No quiero ni pensar lo que sería irme de cervezas con él o ella y escuchar sus opiniones sobre otros temas más transcendentes. Se me erizan los pelos en los lugares más ocultos de sólo pensarlo.
Por tanto, si algo así vuelve a ocurrir, ignoraré altivamente tamaña sandez, me tomaré mi camomila (no penséis mal, no es el nombre en clave de la maría) y leeré un ratito al pesado de Antonio Gala o a lo mejor hasta me pongo a ver Animal Planet en el cable. Y es que, con el permiso del Sr. Darwin, cada vez estoy más convencido de que hay monos de esos que salen en los documentales que piensan bastante más que muchos de nosotros.