jueves, 12 de octubre de 2006

Fiesta Nacional

Y ahora que releo el título que acabo de escribir, me suena por un instante a corrida de toros… Aclaración: NO, no voy a hablar de “nuestra” fiesta nacional sino de "la" Fiesta Nacional, ya sabéis, el 12 de octubre, Colón, 1492, América, las carabelas, los Pinzones, los descubrimientos y esas cosas. A los pobres cuadrúpedos patrios ya los defienden con más gracia -y por supuesto estilo- Manuel Vicent y Rosa Montero.

Pretéritas ya las épocas de la España “una, grande y libre”, “reserva espiritual de Occidente”, “imperio designado por Dios” y de los estandartes del Cid y las banderas aladas, hemos llegado a esta cosa aguadilla y light que hoy celebramos.

Y es que no veo yo -en la distancia, aclaro- mucho entusiasmo ambiental por celebrar nada, ni siquiera entre nuestro personal diplomático. No sé si han sido las ráfagas de postmodernidades, deconstrucciones, realidades plurinacionales y otros “pensieros deboles”, o esa cuasi mítica cultura de consenso de la transición (que ahora exportamos), pero el caso es que el 12 de octubre parece una de esas comidas familiares navideñas a las que uno va por obligación y sin mucha devoción. Se va porque es 25 de diciembre, y bueno, uno es rebelde pero no tanto. Además cualquiera aguanta luego a la abuela, un año recordándote aquello de que la vas a matar a disgustos. Y acabando con la analogía de las entrañables fechas, siempre encontré un paralelismo coñazil entre escuchar durante las comidas navideñas las historias de la mili de algún primo (que encima se cree superior porque él todavía la hizo, el muy pringado) con aguantar las declaraciones de los políticos chupando cámara después del desfile el 12 de octubre (aquí con la nunca bien ponderada ventaja de poder apagar la tele ipso-facto).

Vayamos por partes: Fiesta y Nacional (no, no voy a soltar aquello de Jack el Destripador, más que nada porque acabo de cenar).

Fiesta.
Por supuesto, el puentecito o acueducto -dependiendo del año- se lo coge todo el que puede. Y además, haciendo gala de nuestro aún reciente pero a la par exquisito pedigrí democrático, no discriminamos entre Santa Constitución, los Reyes Magos o San Apapurcio, un puente es un puente es un puente es un puente…. (ad infinitum). Tonto el que no lo coja. “¡Qué escandalosa idolatría del ocio y qué muestra de “laicismo galopante”!”, exclamaría escandalizado algún mandatario eclesial. Pero no se queje su eminencia, que con lo complicado que es que nos pongamos de acuerdo en cualquier nimiedad, encontrar algo con lo que casi todo el mundo está de acuerdo (que las fiestas son los mejores días que pasamos en este valle de lágrimas) es como para recrearse sensualmente por un ratito.

Nacional.
Aquí ya la hemos jodido, con lo bien que ibamos con lo de la fiesta. Siempre las cuestiones difíciles llegan al final. Esta que la conteste Herrero de Miñón o Alfonso Guerra, que ya que estamos de fiesta necesitamos un poco de “arma”. ¿De quién es la Fiesta si se apellida Nacional? Pues va a ser que la pobre se siente un poco huérfana. Cada uno tenemos ya nuestra Fiestita, Fiestica, Fiestutxi... de Comunidad Autónoma. Y perdón si he ofendido a alguna de las nacionalidades históricas del Estado español. No hace falta irse a las regiones periféricas, hasta comunidades resultado de engendros politiqueros -léase Castilla y León- tienen paripés de diseño, como la fiesta de los Comuneros el 23 de abril. Qué triste y sórdida versión castellana –y literal más de un año– del duelo a garrotazos goyesco en las campas de Villalar. Pues eso, que cuatro gatos y mal aveníos.

Poco más quiere añadir este alma embargada de nostalgia en la distancia y henchida de orgullo patrio. Y es que a pesar de todo ¡Qué gran país!

…porque claro lo de ¡Qué gran estado plurinacional! suena a coña. Que ustedes acaben bien la fiesta (si se sienten parte de este gran pueblo), y si beben no conduzcan, que morir por la patria no está de moda.


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